
Un joven castor se encaminó río abajo para comenzar una nueva vida. Nadó y nadó en busca de una piedra grande que sirviera de soporte para construir su madriguera. Cuando finalmente encontró lo que buscaba, se puso muy feliz, pues el lugar estaba lleno de árboles frutales y todo tipo de hierbas.
Estaba colocando algunas tablillas alrededor de su roca, cuando se percató de que se trataba de una escultura de piedra finamente tallada. Tenía la forma de una persona, pero al castor, que no conocía a los humanos, le pareció la más hermosa de todas las piedras que jamás haya visto.
Después de este hallazgo, el castor se negó a construir su hogar encima de la estatua, pues prefería tenerla con toda su majestuosidad frente a sí, que sumirla en la oscuridad de una madriguera.
Mientras el sol se mantenía en alto, el castor se dedicaba a recolectar raíces y otros alimentos; pero cuando comenzaba el atardecer, se deleitaba en la contemplación de su estatua. Algunas ocasiones parecía como si bailara a su alrededor en un intento de comunicarse con ella, otras tantas le veía directamente a los ojos como esperando que despertara de su profundo sueño. Al final, por las noches, se acurrucaba en aquellos brazos que nunca le dieron calor.
Una ocasión, cuando se disponía a dormir en los brazos de su “amada”, le pareció escuchar unos latidos. Primero le dio un poco de miedo, pero después se llenó de júbilo al pensar que su estatua estuviera viva. Pero, ¿sería posible que debajo de esa rocosa armadura se encontrara un ser de carne y hueso? Quizá sí, quizá no. De cualquier manera el castorcillo se aventuró a roer con sus filosos incisivos la dura piedra, que deseaba vehementemente fuera pura envoltura.
Así estuvo hasta que llegó el momento en que no pudo más. Se detuvo a causa del agudo dolor que rodeaba su mandíbula, pues se había fracturado todos los dientes, y se había hecho otras varias heridas. Se bajó de su estatua, y fue entonces que contempló horrorizado la verdad: debajo de la piedra había piedra, y lo que antes fuera su hermosa escultura, se había tornado en lastimosas ruinas. Quizá no fue culpa del castor, quizá tampoco lo fue de la roca, pero ambos se habían destruido entre sí.
Esto sucede a menudo, cuando no hay comunicación, o cuando no se acepta que cada quién tiene su propia naturaleza, su particular forma de ser. Estamos condenados a amar sin poner condiciones, y a tratar de ser felices así.
Pues, bien, pasó el tiempo. El castorcito siguió amando a su estatua; sin embargo, en ocasiones se ponía muy triste porque no era correspondido. Se esforzó el resto de su vida por arrancarle una sonrisa a aquel trozo de piedra, pero nunca lo logró; se desbarataba por demostrarle su afecto, pero la situación no cambiaba. Con todo, el día que murió, acurrucado en su estatua, se sentía profundamente feliz, tranquilo y pleno.
Cuando llegó al bosque celestial, escuchó una voz como de trueno que le dijo: «Pequeñito, nadie dijo que el amor era algo fácil. Tampoco nadie dijo que el amor era necesariamente entre dos. Incluso cuando dos personas se aman, siempre una es la que sufre más. Yo también amo a los hombres y los hombres no me han amado, pero yo sigo amándolos porque el amor es de uno, de quién lo vive, de quien ha decidido amar. Para él será la dicha, la plenitud, la paz, pues hizo lo correcto. Ven a mis brazos tú, mi pequeño, y sé eternamente dichoso, porque la muerte te ha sorprendido hoy, y te ha sorprendido amando.»
Estaba colocando algunas tablillas alrededor de su roca, cuando se percató de que se trataba de una escultura de piedra finamente tallada. Tenía la forma de una persona, pero al castor, que no conocía a los humanos, le pareció la más hermosa de todas las piedras que jamás haya visto.
Después de este hallazgo, el castor se negó a construir su hogar encima de la estatua, pues prefería tenerla con toda su majestuosidad frente a sí, que sumirla en la oscuridad de una madriguera.
Mientras el sol se mantenía en alto, el castor se dedicaba a recolectar raíces y otros alimentos; pero cuando comenzaba el atardecer, se deleitaba en la contemplación de su estatua. Algunas ocasiones parecía como si bailara a su alrededor en un intento de comunicarse con ella, otras tantas le veía directamente a los ojos como esperando que despertara de su profundo sueño. Al final, por las noches, se acurrucaba en aquellos brazos que nunca le dieron calor.
Una ocasión, cuando se disponía a dormir en los brazos de su “amada”, le pareció escuchar unos latidos. Primero le dio un poco de miedo, pero después se llenó de júbilo al pensar que su estatua estuviera viva. Pero, ¿sería posible que debajo de esa rocosa armadura se encontrara un ser de carne y hueso? Quizá sí, quizá no. De cualquier manera el castorcillo se aventuró a roer con sus filosos incisivos la dura piedra, que deseaba vehementemente fuera pura envoltura.
Así estuvo hasta que llegó el momento en que no pudo más. Se detuvo a causa del agudo dolor que rodeaba su mandíbula, pues se había fracturado todos los dientes, y se había hecho otras varias heridas. Se bajó de su estatua, y fue entonces que contempló horrorizado la verdad: debajo de la piedra había piedra, y lo que antes fuera su hermosa escultura, se había tornado en lastimosas ruinas. Quizá no fue culpa del castor, quizá tampoco lo fue de la roca, pero ambos se habían destruido entre sí.
Esto sucede a menudo, cuando no hay comunicación, o cuando no se acepta que cada quién tiene su propia naturaleza, su particular forma de ser. Estamos condenados a amar sin poner condiciones, y a tratar de ser felices así.
Pues, bien, pasó el tiempo. El castorcito siguió amando a su estatua; sin embargo, en ocasiones se ponía muy triste porque no era correspondido. Se esforzó el resto de su vida por arrancarle una sonrisa a aquel trozo de piedra, pero nunca lo logró; se desbarataba por demostrarle su afecto, pero la situación no cambiaba. Con todo, el día que murió, acurrucado en su estatua, se sentía profundamente feliz, tranquilo y pleno.
Cuando llegó al bosque celestial, escuchó una voz como de trueno que le dijo: «Pequeñito, nadie dijo que el amor era algo fácil. Tampoco nadie dijo que el amor era necesariamente entre dos. Incluso cuando dos personas se aman, siempre una es la que sufre más. Yo también amo a los hombres y los hombres no me han amado, pero yo sigo amándolos porque el amor es de uno, de quién lo vive, de quien ha decidido amar. Para él será la dicha, la plenitud, la paz, pues hizo lo correcto. Ven a mis brazos tú, mi pequeño, y sé eternamente dichoso, porque la muerte te ha sorprendido hoy, y te ha sorprendido amando.»
