El hombre de recortes


-Dr. Frankenstein, ¿qué está haciendo?
-Hago un hombre hermoso, un hombre nuevo. ¡Sí! Este hombre es diferente de todos los hombres porque está hecho de recortes. Cada parte de su cuerpo tiene una historia, una vida, y yo me he encargado de unirlas, de darles forma y hacerlas un sólo hombre.
-¡Usted está loco… esa cosa es un cadáver!
-No, al contrario. Era un cadáver. Eran un puño de cadáveres. Cada ojo, cada diente, eran de un muerto. La gente no tenía vida ya, pero cuando los injerto en este hombre cobran vida nueva, adquieren color. ¡Míralo! ¿No te parece hermoso?
-¿Cómo puede ser hermoso alguien que no tiene identidad, alguien fabricado?
-No entiendes nada. Tú tienes una identidad limitada, te cierras a tu mundo, tú eres tú y nada más. Qué poca cosa eres, ¿no crees? Mi hombre, en cambio, tiene más que sólo su identidad: lo he enriquecido de cientos de identidades. En esto consiste ser hombre. En esto reside su complejidad. No tenemos que ser sólo nosotros, tenemos que ser un poco de todos. Cuando lo recogí estaba pálido, apenas se movía, apenas latía. Hoy tiene movimiento, se cae, se levanta, luce estupendo.
-Yo no lo creo, es torpe, es lento.
-Es porque está aprendiendo, camina con cautela, tiene miedo, pero llegado el momento tendrá confianza en sí mismo y andará por caminos distintos de los míos.
-¿Y eso le parece bien?
-¡Me parece excelente! Si le he dado vida es para que la viva. Y si no, ¿para qué le saqué del sepulcro?
-Yo creí… que le amaba…
-Le amo. Yo uní todas sus piezas a su corazón, pero su corazón no ha latido por voluntad mía, sino por su propia voluntad.
-Aún pienso que es un monstruo.
-No, es un hombre. Incluso antes de que yo le uniera cualquier cosa, ya era un hombre.
-Pero acaba de decir que todo lo unió a un corazón.
-Exacto. El hombre no es un par de manos, ni un par de pies, ni un intestino, ni un riñón. Lo que define a un hombre es un corazón.
-Cuando se tengan que separar, ¿lo extrañará?
-¡Muchísimo! De verdad no tienes idea de cuánto lo extrañaré, de cuánto lo estoy extrañando incluso ahora. Pero estoy seguro que cuando tenga noticias de él, cuando lea su corazón plasmado en sus cartas, me ensancharé de orgullo y exclamaré jubiloso: ¡yo vi nacer a ese hombre!

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