
La mirada del pequeño Claudio se perdía en el cielo. Aunque la ventana permanecía cerrada para evitar que el frío de la noche inundara la habitación, Claudio podía ver a través de los cristales el armonioso centelleo de las estrellas. Al presenciar tan solemne espectáculo, daba la impresión de que las luces de la noche bailaban entre sí un antiguo vals.
Ya era muy de madrugada, pero no podía dormir. Cobijado entre las blancas sábanas del hospital, permanecía en silencio, con una postura contemplativa. La luz de la luna bañaba su rostro y lo hacía semejante a los angelitos de marfil que adornan los templos.
Su padre aguardaba en el sillón contiguo. Tampoco él dormía. Se ahogaba con el llanto que amenazaba salir de su garganta. En su mente punzaban las palabras del médico en turno: «Hemos hecho todo lo posible. Lo siento».
—¡Papá, papá! ¡Una estrella se apagó! ¡Mira! —exclamó Claudio, mientras apuntaba hacia la ventana con su dedillo.
El pobre hombre se mordió los labios, respiró profundo y luego respondió.
—No grites, Claudio, vas a despertar a todo el mundo.
—¿Qué le pasó? ¿A dónde se fue? —preguntó el niño con bastante curiosidad.
—¿No lo sabes? La estrellita se fue con Jesús.
—¿Cómo? Pero Jesús vive ahí en el cielo, ¿no? Las estrellas ya están con él.
—No, hijo —se frotó la cara y luego explicó—. Más allá del sol y de la luna, más allá de todas las estrellas y de los planetas, existe un cielo diferente. No es un cielo que conozcamos, pero sabemos que es más azul y más bonito. Ahí vive Jesús. A nosotros nos da la impresión de que las estrellas parpadean, pero en realidad van y vienen con Jesús. Son mensajeras. Cada niño tiene una estrella que escucha sus oraciones y las lleva con él.
—¿Y los adultos no tienen una estrella?
—Sí, pero sólo los adultos que conservan un corazón limpio y lleno de fe. Cuando el adulto pierde la fe, su estrellita muere.
—¿Y ya no la puede revivir?
—Sólo un milagro de Jesús la puede revivir.
—Papá, ¿tú tienes estrella?
El hombre se dirigió hacia el chico y lo estrechó con fuerza.
—N-no lo sé hijo… ya no lo sé…
—¿Y por qué no haces una oración? Si Jesús te concede lo que le pides entonces sabrás que aún tienes estrellita. ¡Vamos, yo te ayudo!
Claudio se enderezó un poco, le juntó las manos palma con palma, y del corazón dolido de aquél buen padre brotó una plegaria para Jesús. Así duraron mucho rato, hasta que ya no pudo distinguir a su muchacho porque las lágrimas nublaron su visión.
De imprevisto entró el médico acompañado de su asistente y le pidieron que les siguiera al pasillo urgentemente. Sintió que el alma se le iba en un suspiro. Esperó lo peor.
—Nos acabamos de enterar y quisimos darle esta noticia lo antes posible —expresó el asistente—. No sabemos qué ha pasado. De pronto, todos los análisis han salido negativos. No tenemos explicación. Los hemos verificado varias veces y parece que nunca hubiera pasado nada.
—Su hijo ya no corre ningún peligro —confirmó el doctor—. Está totalmente sano.
Aún no terminaba de dar su buena noticia, cuando la voz jubilosa de Claudio resonó por todos los pasillos del hospital.
—¡Papá, papá! ¡Ven! ¡Mira! La estrella… La estrellita que se había apagado, ¿recuerdas? La estrellita ha vuelto a brillar… ¡Un milagro de Jesús la ha hecho revivir!
Ya era muy de madrugada, pero no podía dormir. Cobijado entre las blancas sábanas del hospital, permanecía en silencio, con una postura contemplativa. La luz de la luna bañaba su rostro y lo hacía semejante a los angelitos de marfil que adornan los templos.
Su padre aguardaba en el sillón contiguo. Tampoco él dormía. Se ahogaba con el llanto que amenazaba salir de su garganta. En su mente punzaban las palabras del médico en turno: «Hemos hecho todo lo posible. Lo siento».
—¡Papá, papá! ¡Una estrella se apagó! ¡Mira! —exclamó Claudio, mientras apuntaba hacia la ventana con su dedillo.
El pobre hombre se mordió los labios, respiró profundo y luego respondió.
—No grites, Claudio, vas a despertar a todo el mundo.
—¿Qué le pasó? ¿A dónde se fue? —preguntó el niño con bastante curiosidad.
—¿No lo sabes? La estrellita se fue con Jesús.
—¿Cómo? Pero Jesús vive ahí en el cielo, ¿no? Las estrellas ya están con él.
—No, hijo —se frotó la cara y luego explicó—. Más allá del sol y de la luna, más allá de todas las estrellas y de los planetas, existe un cielo diferente. No es un cielo que conozcamos, pero sabemos que es más azul y más bonito. Ahí vive Jesús. A nosotros nos da la impresión de que las estrellas parpadean, pero en realidad van y vienen con Jesús. Son mensajeras. Cada niño tiene una estrella que escucha sus oraciones y las lleva con él.
—¿Y los adultos no tienen una estrella?
—Sí, pero sólo los adultos que conservan un corazón limpio y lleno de fe. Cuando el adulto pierde la fe, su estrellita muere.
—¿Y ya no la puede revivir?
—Sólo un milagro de Jesús la puede revivir.
—Papá, ¿tú tienes estrella?
El hombre se dirigió hacia el chico y lo estrechó con fuerza.
—N-no lo sé hijo… ya no lo sé…
—¿Y por qué no haces una oración? Si Jesús te concede lo que le pides entonces sabrás que aún tienes estrellita. ¡Vamos, yo te ayudo!
Claudio se enderezó un poco, le juntó las manos palma con palma, y del corazón dolido de aquél buen padre brotó una plegaria para Jesús. Así duraron mucho rato, hasta que ya no pudo distinguir a su muchacho porque las lágrimas nublaron su visión.
De imprevisto entró el médico acompañado de su asistente y le pidieron que les siguiera al pasillo urgentemente. Sintió que el alma se le iba en un suspiro. Esperó lo peor.
—Nos acabamos de enterar y quisimos darle esta noticia lo antes posible —expresó el asistente—. No sabemos qué ha pasado. De pronto, todos los análisis han salido negativos. No tenemos explicación. Los hemos verificado varias veces y parece que nunca hubiera pasado nada.
—Su hijo ya no corre ningún peligro —confirmó el doctor—. Está totalmente sano.
Aún no terminaba de dar su buena noticia, cuando la voz jubilosa de Claudio resonó por todos los pasillos del hospital.
—¡Papá, papá! ¡Ven! ¡Mira! La estrella… La estrellita que se había apagado, ¿recuerdas? La estrellita ha vuelto a brillar… ¡Un milagro de Jesús la ha hecho revivir!



