
Hubo una vez un anciano que, estando gravemente enfermo, llamó a sus cuatro hijos. El anciano poseía un terreno de gigantescas dimensiones. Lo había dividido en cuatro partes exactamente iguales, y antes de morir se las dejó en herencia a cada uno de sus hijos. De esta forma, los cuatro tenían la misma oportunidad de hacer de su terreno una gran bendición.
El primero de los hijos se dedicó desde entonces a sembrar su tierra. Plantó arroz, frijol, maíz, tomate, cebollas y chile. Su idea era que un terreno debía trabajarse para satisfacer las necesidades básicas. El segundo pensó que era una gran oportunidad de hacerse millonario, por lo que se dedicó a sembrar amapola y otras hierbas malas. El tercer hijo no le hizo absolutamente nada a su terreno. Pensó que dejaría que pasara algún tiempo, mientras que el valor de su terreno aumentara, y entonces lo vendería a un buen comprador. El cuarto hijo (que los demás lo tuvieron por el más tonto), era un soñador. Pensó en hacer con su terreno un jardín inmenso, lleno de flores, de pasto, de fuentes. Este jardín sería su jardín, el lugar de sus delicias. Lo cuidaría de las alimañas y de las flores silvestres. Dedicaría su vida a hacer de aquél terreno inhóspito un paraíso terrenal.
Pues así fue. El primer hermano vivió trabajando para sobrevivir, y su terreno produjo buenos productos. De la tierra extrajo arroz, frijol, maíz, tomate, cebollas y chile; era lo único que necesitaba para su sustento. El segundo hermano plantó amapola y otras hierbas malas con mucho éxito. Pronto se convirtió en un hombre de dinero. El tercer hermano no hizo absolutamente nada a su terreno y se mantuvo en su postura original. El cuarto hermano también logró su objetivo y transformó aquél desierto en un paradisiaco lugar.
Pasó el tiempo. El primer hermano siguió en sus labores sin ningún cambio. Su jornada era la misma todos los días y su rutina permanecía inalterable. El segundo hermano estaba en sus terrenos cuando llegó el ejército. Lo hirieron de muerte y destruyeron sus tierras. El tercer hermano, cuando quiso ir a cercar su terreno descubrió que era demasiado tarde. Entre el gobierno y otras gentes le expropiaron su territorio sin que pudiera hacer nada al respecto. El cuarto hermano vivía feliz y se sentía pleno. Los vientos del sur llevaban en sus alas las pequeñas semillas de las flores a nuevas tierras, de tal forma que sin haberlo pensado, su terreno había sobrepasado sus fronteras y se extendía ahora a lo doble de lo que originalmente abarcaba.
La vida de las personas es tierra, es un terreno baldío. A todos se nos ha dado la misma potencialidad. Algunos la aprovechan, algunos la desechan.
No falta quien, como el primer hijo, se conforma en vivir para lo indispensable. No pide más que lo básico para su vida. Estas personas no llegan lejos. Viven bien pero nunca llegaran a ser mejores, simplemente porque así lo han decidido.
Otros, como el segundo hijo, llenan su vida de vicios y pecados. Al principio se sienten los reyes del mundo, pero después caen en la cuenta de que su felicidad es temporal. Acaban en la cárcel o con enfermedades irreversibles.
Otros más, como el tercer hijo, simplemente no hacen nada con su vida. Se la pasan holgazaneando y esperan que otros les resuelvan sus problemas. Cuando menos acuerdan ya es demasiado tarde para sacarle el jugo a la vida, se hacen viejos y nunca maduraron ni disfrutaron de su vida, por sacarle a la responsabilidad.
Sólo los que son soñadores, los que se atreven a trabajar por algo más que el sustento, la riqueza o la comodidad, pueden finalmente explotar su potencialidad. Éstos son los que buscan transformar el mundo en un lugar mejor, más hermoso, lleno de paz y de armonía. Aquellos que se atreven a luchar por sus sueños son los que probablemente lleguen a realizarlos. Y cuando lo hayan hecho, se darán cuenta que ya no son los mismos de antes, que han crecido y que seguirán creciendo más allá de sus propias limitaciones.
Y tú… ¿qué cultivas en tu tierra?
El primero de los hijos se dedicó desde entonces a sembrar su tierra. Plantó arroz, frijol, maíz, tomate, cebollas y chile. Su idea era que un terreno debía trabajarse para satisfacer las necesidades básicas. El segundo pensó que era una gran oportunidad de hacerse millonario, por lo que se dedicó a sembrar amapola y otras hierbas malas. El tercer hijo no le hizo absolutamente nada a su terreno. Pensó que dejaría que pasara algún tiempo, mientras que el valor de su terreno aumentara, y entonces lo vendería a un buen comprador. El cuarto hijo (que los demás lo tuvieron por el más tonto), era un soñador. Pensó en hacer con su terreno un jardín inmenso, lleno de flores, de pasto, de fuentes. Este jardín sería su jardín, el lugar de sus delicias. Lo cuidaría de las alimañas y de las flores silvestres. Dedicaría su vida a hacer de aquél terreno inhóspito un paraíso terrenal.
Pues así fue. El primer hermano vivió trabajando para sobrevivir, y su terreno produjo buenos productos. De la tierra extrajo arroz, frijol, maíz, tomate, cebollas y chile; era lo único que necesitaba para su sustento. El segundo hermano plantó amapola y otras hierbas malas con mucho éxito. Pronto se convirtió en un hombre de dinero. El tercer hermano no hizo absolutamente nada a su terreno y se mantuvo en su postura original. El cuarto hermano también logró su objetivo y transformó aquél desierto en un paradisiaco lugar.
Pasó el tiempo. El primer hermano siguió en sus labores sin ningún cambio. Su jornada era la misma todos los días y su rutina permanecía inalterable. El segundo hermano estaba en sus terrenos cuando llegó el ejército. Lo hirieron de muerte y destruyeron sus tierras. El tercer hermano, cuando quiso ir a cercar su terreno descubrió que era demasiado tarde. Entre el gobierno y otras gentes le expropiaron su territorio sin que pudiera hacer nada al respecto. El cuarto hermano vivía feliz y se sentía pleno. Los vientos del sur llevaban en sus alas las pequeñas semillas de las flores a nuevas tierras, de tal forma que sin haberlo pensado, su terreno había sobrepasado sus fronteras y se extendía ahora a lo doble de lo que originalmente abarcaba.
La vida de las personas es tierra, es un terreno baldío. A todos se nos ha dado la misma potencialidad. Algunos la aprovechan, algunos la desechan.
No falta quien, como el primer hijo, se conforma en vivir para lo indispensable. No pide más que lo básico para su vida. Estas personas no llegan lejos. Viven bien pero nunca llegaran a ser mejores, simplemente porque así lo han decidido.
Otros, como el segundo hijo, llenan su vida de vicios y pecados. Al principio se sienten los reyes del mundo, pero después caen en la cuenta de que su felicidad es temporal. Acaban en la cárcel o con enfermedades irreversibles.
Otros más, como el tercer hijo, simplemente no hacen nada con su vida. Se la pasan holgazaneando y esperan que otros les resuelvan sus problemas. Cuando menos acuerdan ya es demasiado tarde para sacarle el jugo a la vida, se hacen viejos y nunca maduraron ni disfrutaron de su vida, por sacarle a la responsabilidad.
Sólo los que son soñadores, los que se atreven a trabajar por algo más que el sustento, la riqueza o la comodidad, pueden finalmente explotar su potencialidad. Éstos son los que buscan transformar el mundo en un lugar mejor, más hermoso, lleno de paz y de armonía. Aquellos que se atreven a luchar por sus sueños son los que probablemente lleguen a realizarlos. Y cuando lo hayan hecho, se darán cuenta que ya no son los mismos de antes, que han crecido y que seguirán creciendo más allá de sus propias limitaciones.
Y tú… ¿qué cultivas en tu tierra?
