
Una camilla se mueve rápidamente directo a la sala de emergencias. En ella va una mujer de mediana edad retorciéndose lastimosamente a causa de fuertes dolores abdominales.
-¿Diagnóstico?
-Todo indica que es una peritonitis aguda.
-No creo que sea su apéndice.
-No. Tiene una rotura en la vesícula biliar. El daño en los intestinos debe ser grave.
-Que preparen los instrumentos. Hay que operarla inmediatamente.
Pero la operación resultó más complicada de lo esperado.
-¡Doctor, el pulso! La máquina está fallando o la paciente tiene problemas cardiacos.
-¡Los electrodos! ¡Acaba de tener un infarto!
-¡Se nos va, doctor! ¡No responde!
En la sala de espera una anciana se desplaza de un lado a otro con evidente angustia.
-Señorita, qué está pasando con mi hija. Hace ya muchas horas que entró al quirófano y no me han dado noticias de ella.
-No se preocupe señora. Justo ahora me acaban de informar que ya la pasaron a recuperación. Pero el doctor está muy molesto porque no se avisó de la alteración en el miocardio. Mírelo, ahí viene.
-¡Doctor, ¿qué pasó?! Le juro que no sabía el problema de mi hija. ¿Cómo está? ¿Qué tiene?
-Tranquilícese. No estábamos preparados para esta situación, pero todo salió milagrosamente bien. Su hija tenía malformaciones congénitas. Parece ser que nació con deficiencias cardiacas, problemas con el correcto funcionamiento de su corazón. Durante la operación de la vesícula tuvo un infarto. Su corazón ya estaba inservible. Gracias a Dios que logramos conseguir a tiempo otro corazón y que no lo rechazó su organismo.
La doble operación multiplicó la estancia de las dos mujeres en el hospital. Madre e hija padecieron de las incomodidades que tienen que sufrir los que tienen poca salud y menos dinero.
-Mamá, ¿cuándo te darás por vencida? Desde que tengo uso de razón te he hecho la vida imposible. Siempre con mis problemas, con mis reclamos y quejas.
-Ahorita no hablemos de eso. Tienes que recuperarte. El doctor me dijo que debías estar tranquila.
-No te entiendo, mamá. Si yo fuera tú, ya no estaría aquí cuidando a una hija problemática. O aprovecharía para sermonear que esto le pasa a la gente prepotente y mal encarada. Mírame, por corajuda se me reventó la bilis. En el pecado va la penitencia. ¿Por qué no me dices nada? Bueno, te entiendo, si me dijeras algo ya estaría rezongándote con montones de groserías.
-Ya no sigas, hija. Sabes bien que yo te quiero, y por eso te tengo paciencia. Dios sabe sus cosas.
-Lo que me preocupa es el cómo vamos a pagar. Ni con el sueldo de toda mi vida va a ajustarnos.
-¿Cómo sigue la enfermita?
-Mucho mejor, doctor. Gracias.
-No, a mi no me tienes que dar las gracias. Acabo de hablar con los familiares del muchacho que donó sus órganos al hospital. Su deseo era ayudar a otra gente incluso después de muerto, por lo que se opuso rotundamente a que se lucrara con su cuerpo. Supongo que no quería que lo vendieran como carne de supermercado. No se les cobrará a ustedes ni siquiera los gastos de la operación, porque los familiares ya lo han pagado todo. Ellos están felices de que una parte de su muchacho siga viva en ti, y te han querido manifestar de esta manera su agradecimiento.
-Pero ellos no me conocen. No me siento digna de recibir tan grande favor. No he sido una buena persona y no lo merezco. Si ellos me conocieran cambiarían de opinión.
-Yo no sé quien eras, ni sé si merecías vivir. Yo sólo sé que un muchacho muy bueno te ha regalado su corazón para que sigas viviendo. Ese muchacho ahora vive en ti y sus familiares querrán verlo en tu mirada y en tu sonrisa. Ser como ese muchacho, vivir como ese muchacho depende de ti. Tú sabrás si desperdicias esta nueva vida.
-¿Usted lo conoció a él? ¿Sabe quién era?
-¿Diagnóstico?
-Todo indica que es una peritonitis aguda.
-No creo que sea su apéndice.
-No. Tiene una rotura en la vesícula biliar. El daño en los intestinos debe ser grave.
-Que preparen los instrumentos. Hay que operarla inmediatamente.
Pero la operación resultó más complicada de lo esperado.
-¡Doctor, el pulso! La máquina está fallando o la paciente tiene problemas cardiacos.
-¡Los electrodos! ¡Acaba de tener un infarto!
-¡Se nos va, doctor! ¡No responde!
En la sala de espera una anciana se desplaza de un lado a otro con evidente angustia.
-Señorita, qué está pasando con mi hija. Hace ya muchas horas que entró al quirófano y no me han dado noticias de ella.
-No se preocupe señora. Justo ahora me acaban de informar que ya la pasaron a recuperación. Pero el doctor está muy molesto porque no se avisó de la alteración en el miocardio. Mírelo, ahí viene.
-¡Doctor, ¿qué pasó?! Le juro que no sabía el problema de mi hija. ¿Cómo está? ¿Qué tiene?
-Tranquilícese. No estábamos preparados para esta situación, pero todo salió milagrosamente bien. Su hija tenía malformaciones congénitas. Parece ser que nació con deficiencias cardiacas, problemas con el correcto funcionamiento de su corazón. Durante la operación de la vesícula tuvo un infarto. Su corazón ya estaba inservible. Gracias a Dios que logramos conseguir a tiempo otro corazón y que no lo rechazó su organismo.
La doble operación multiplicó la estancia de las dos mujeres en el hospital. Madre e hija padecieron de las incomodidades que tienen que sufrir los que tienen poca salud y menos dinero.
-Mamá, ¿cuándo te darás por vencida? Desde que tengo uso de razón te he hecho la vida imposible. Siempre con mis problemas, con mis reclamos y quejas.
-Ahorita no hablemos de eso. Tienes que recuperarte. El doctor me dijo que debías estar tranquila.
-No te entiendo, mamá. Si yo fuera tú, ya no estaría aquí cuidando a una hija problemática. O aprovecharía para sermonear que esto le pasa a la gente prepotente y mal encarada. Mírame, por corajuda se me reventó la bilis. En el pecado va la penitencia. ¿Por qué no me dices nada? Bueno, te entiendo, si me dijeras algo ya estaría rezongándote con montones de groserías.
-Ya no sigas, hija. Sabes bien que yo te quiero, y por eso te tengo paciencia. Dios sabe sus cosas.
-Lo que me preocupa es el cómo vamos a pagar. Ni con el sueldo de toda mi vida va a ajustarnos.
-¿Cómo sigue la enfermita?
-Mucho mejor, doctor. Gracias.
-No, a mi no me tienes que dar las gracias. Acabo de hablar con los familiares del muchacho que donó sus órganos al hospital. Su deseo era ayudar a otra gente incluso después de muerto, por lo que se opuso rotundamente a que se lucrara con su cuerpo. Supongo que no quería que lo vendieran como carne de supermercado. No se les cobrará a ustedes ni siquiera los gastos de la operación, porque los familiares ya lo han pagado todo. Ellos están felices de que una parte de su muchacho siga viva en ti, y te han querido manifestar de esta manera su agradecimiento.
-Pero ellos no me conocen. No me siento digna de recibir tan grande favor. No he sido una buena persona y no lo merezco. Si ellos me conocieran cambiarían de opinión.
-Yo no sé quien eras, ni sé si merecías vivir. Yo sólo sé que un muchacho muy bueno te ha regalado su corazón para que sigas viviendo. Ese muchacho ahora vive en ti y sus familiares querrán verlo en tu mirada y en tu sonrisa. Ser como ese muchacho, vivir como ese muchacho depende de ti. Tú sabrás si desperdicias esta nueva vida.
-¿Usted lo conoció a él? ¿Sabe quién era?
-Sí, su nombre es Jesús.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario