La Esfera de Nochebuena



Era Nochebuena, y como cada año esperábamos ansiosos la llegada de la anciana milagrosa. Todos en el pueblo sabíamos que aquella misteriosa mujer nos traía un regalo de Dios, algo mágico, algo especial, pero casi nadie comentaba sobre eso. La mayoría adornaba sus casas para recordar el evento, pero curiosamente parecía que el adorno no significaba más que la rutina de hacerlo cada año. Y es que, en realidad, éramos un pueblo necio y egoísta, cada quién miraba para su propio bien; el reunirnos en el templo a esperar la llegada de la «esfera de nochebuena» era la única ocasión en que hacíamos comunidad, en que dialogábamos con otras familias y que hasta parecía una gran convivencia.
Pues bien, aquella noche, a la hora prevista, el sacerdote salió de la sacristía con un paquete en las manos, una sonrisa enorme y diciendo a grandes voces: «Ha llegado la esfera. Dios sigue dándonos su favor… ¡Alegrémonos hermanos!». Entonces el pueblo estalló en hurras y algarabía.
Seguro te has de preguntar, si éramos tan comodones y materialistas, ¿por qué nos interesaba tanto la esfera? Verás, no se trataba de un objeto común y corriente, era una esfera muy hermosa, de cristal finísimo y trasparente, que dejaba entrever el brillo del «suspiro de Dios» que llevaba dentro. Con ella, una vez puestos todos de acuerdo, hacíamos una petición y enseguida la quebrábamos, para que el suspiro regresara a Dios y nuestro deseo se concediera.
Pues sucedió que aquella noche se soltó una terrible tormenta, una tormenta como jamás habíamos visto. La gente salía de sus casas espantada y se iban a refugiar en el templo, porque estaba construido en una colina y era el lugar más seguro. El agua del río se desbordó, hubo incendios, destrozos, llanto y amargura. Con esta emergencia, decidimos que era el momento de quebrar la esfera. La petición fue: «¡Señor, cambia la tormenta por un buen temporal!».
Pasaron varias horas y la tormenta no se aplacó. A lo lejos escuchamos la voz de una mujer que con gritos desgarradores pedía auxilio. Varios hombres nos organizamos y salimos a rescatarla. Casi amanecía cuando llegamos triunfantes, pero el aguacero no se acababa. Anocheció y la tempestad seguía ahí. Los niños no dejaban de llorar, pues el hambre arreciaba a cada momento. Se había terminado lo que el sacerdote tenía en su alacena, entonces algunos encontraron la manera de conseguir víveres. Así pasó una semana: los hombres acarreaban el sustento y reparaban los daños, las mujeres cocinaban y mantenían aseado el lugar, los niños sacaban el agua y vigilaban que no fuera a infiltrarse algún bicho ponzoñoso.
Milagrosamente no se acabó el espíritu solidario el día que cesó la lluvia y que salió el sol. El pueblo estaba devastado, pero la gente no se desalentó ni se sintieron derrotados, se unieron como nunca antes y en un dos por tres todo había vuelto a la normalidad.
«Padre, ¿porqué Diosito no escuchó nuestra petición?», dijo una señora. «Sí, sí la escuchó», respondió el cura. «Pero, ¿y los destrozos?», preguntó un joven. El sacerdote guardó un momento de silencio y luego les dijo: «Hijitos, cuando Dios no cambia la tempestad, cambia al hombre que lucha contra ella. Cuando no mejora las cosas, mejora a las personas. Así mismo, una tragedia, cuando no nos mata, nos hace más fuertes». «Padre, ¿usted sabe cómo se llama la anciana milagrosa?», preguntó un niño. El sacerdote lo miró con ternura y le dijo: «Sí, hijo. Se llama Navidad».

No hay comentarios.: